el consejo del 
El ser elegantes
En la sociedad a lo que es gracioso, sencillo, bien proporcionado, suave en sus movimientos lo llamamos elegante. Siendo la elegancia algo que resulta de varios elementos y que puede encontrarse en todas las obras agradables a nuestros sentidos. Pero no sólo se atribuye la elegancia a las obras del arte como de la naturaleza, sino también a las intelectuales, especialmente a las presentaciones.
Para que nuestras presentaciones sean consideradas elegantes deben ser, antes que nada, sencillas y después acabadas, ligeras, no recargadas, es decir obtenida por caminos no complicados. Pues con este tipo de demostraciones sentimos cierto placer estético muy semejante al que experimentamos al contemplar alguna obra de las bellas artes.
Según Mary Duaygües, autora de Educación y Etiqueta moderna, “no es de buen gusto el abandono en el vestir y el aseo, pues con ello se demostraría desdén hacia la opinión ajena”. Ya que “la persona poco cuidadosa es ridícula a los ojos de sus propios amigos y la apatía y abandono de sí mismo le enajena a menudo las simpatías de todos”.
Para la autora argentina, “a las personas que deben desenvolverse en sociedad, les está permitida alguna coquetería, aunque varonil, que indique el deseo de agradar, pues indudablemente, es uno mejor acogido en todas partes cuanto mayor es el cuidado puesto en hacerse agradable a los ojos de los demás, aparte de lo mucho que lisonjea el amor propio, tener un amigo, un compañero, que se distingue por su pulcritud y elegancia”. Aunque a los excéntricos y a los sabios los podemos exceptuar de esta regla.
Como la elegancia debe ser sencilla, no es necesario gastar enormemente en trajes, pero sí lo es la elección de los vestidos y los adornos complementarios. Que haya armonía de colorido y que el atavío se adapte según las circunstancias, pues no es lo mismo vestirse para salir con la familia que arreglarse para salir con compañeros de trabajo o asistir a una fiesta campestre que a una reunión de trabajo. Además, la elegancia no hace abuso de las sortijas y joyas. Con lo indispensable basta.
Se debe poner un mayor esmero en el aseo de la propia persona y esto, todo el mundo puede y debe hacerlo. Uñas sucias y mal cortadas, unos dientes descuidados, el cabello en desorden, etc., molestan a la vista y destruyen el buen efecto que un correcto traje puede producir, y esto puede evitarse a costa de poco trabajo y sin grandes gastos.
La persona puede cuidarse del traje y de las buenas maneras, sin que en ello se demuestre pedantería, presunción o afeminamiento, ya que la dignidad personal y el deseo de agradar a los demás lo justifican.
En todo caso, la persona elegante no se limita a las manifestaciones exteriores de cortesía, sino que cultiva en sí las buenas maneras. La cortesía, por ejemplo, nace del amor a nuestros semejantes, del temor a herirles, a ofenderles, a lastimarles en su amor propio. Con sus raros méritos tiene la cortesía, pues hace aparecer gracioso, simpático y atrayente al menos favorecido por la naturaleza en perfecciones físicas.
El hombre que quiere presumir de buenos modales ha de ser modesto, indulgente, cortés, generoso, no ofender nunca con sus palabras o con sus gestos, ni ser receloso con las faltas de los demás. Refina sus gustos y sus costumbres, corrige sus defectos. No se deja guiar por la primera impresión o por el capricho. Temeroso de herir susceptibilidades nada olvida y omite de cuanto en la buena sociedad exige la cortesía y la educación.
Referente a esta escribe Gabriel Compayré: "La educación es el conjunto de esfuerzos reflejos con los que se ayuda a la naturaleza en el desenvolvimiento de las facultades físicas, intelectuales y morales del hombre, con la mirada de su perfección, su felicidad y su destino social".
La elegancia requiere de práctica, más que de esfuerzo. Así que depende de que estemos dispuestos a agradar a los demás y reconocer que el ser aceptados depende de nuestros modales y normas sociales. Éstas al ser desarrolladas de manera simple y natural nos harán una persona elegante, ordenada, simple y bella. El deseo de agradar y ser aceptado es inherente al ser humano, así que empecemos desde ahora.
Por: Roberto de Olazábal W.
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