Las soluciones quedan en la basura
Por: Roberto de Olazábal W.
Bajo las luces naranjas de los postes de mi cuadra, en una esquina, empapadas por las finas gotas de una lluvia intensa, se encuentran cinco bolsas de Plaza Vea llenas de basura. Se que a la media noche pasará por aquí el camión de la Municipalidad de San Borja y se las llevará a la planta de transferencia de Villa el Salvador y luego al basural de Postigo Grande en Lurín. Las tirarán encima de otras miles de toneladas de basura. Sin embargo, esta noche espero darle a mi basura un tratamiento distinto.
Los vecinos sacamos las bolsas después de las 6 de la tarde. Por que de sacarlas antes o después de que pase el camión recolector, nos cae una multa de 238 nuevos soles. Esta vez coloqué una bolsa en la canasta metálica, que está elevada metro y medio del suelo, para que no la abran los perros hambrientos que dejan toda la basura esparcida en el suelo. Y el nudo no lo hice muy fuerte para que los recicladores no rompan la bolsa y dejen basura por toda la vereda. Sí, en Perú hay personas que escarban en la basura. No, no son orates. Visten bien, ese es su negocio.
En las ciudades la basura es un problema casi desde el origen de éstas, debido a la alta densidad de población. Sin embargo, las sociedades más ordenadas han sido capaces de superar el exceso de basura. Las soluciones han tardado en darse, sin duda. Las grandes ciudades medioevales, por ejemplo, arrojaban sus desperdicios a la calle y no sólo alimentos malogrados y productos inservibles, sino también sus excrementos. Gritaban: ¡Sólidos que caen! Y desde lo alto del castillo caía lo menos noble de los nobles. Pero se dieron cuenta de la cantidad de enfermedades que esto ocasionaba. Entonces, crearon canales, luego cloacas, después el desagüe. Mientras en esta parte del mundo cavaban un hueco y lo enterraban, como un gato, o como un perro bien entrenado. En algunas comunidades del Perú lo siguen haciendo. En silos más sofisticados, más modernos, más profundos.
Cómplices de la basura
La llovizna es como un manto de niebla. Será mi cómplice. Dos cuadras más abajo, me parece haber visto a dos figuras humanas arrodillándose junto algunas bolsas de basura. Hace frío. Un muchacho, en sus veinte, de jeans oscuros, con chaqueta y gorro negro, da vuelta a la esquina. Mira a todos lados. Se acomoda en el piso y abre dos bolsas que están en el suelo. Yo salgo de la caseta del vigilante, ubicada en el parque a media cuadra, rápido y sin ser visto.
Mi pantalón está tan viejo que la fina garúa moja mis piernas, mientras llego a la esquina. Visto una chompa oscura, un gorro y por supuesto una mochila pegada a mí cual joroba. Aparezco junto al reciclador, como su clon, y empiezo a revisar las bolsas que están en la canasta metálica. Por supuesto, con temor a equivocarme, elijo la bolsa de basura que saqué de mi casa.
Se calcula que cada persona produce una media de 1 kg. de basura al día. Teniendo en cuenta que la población de Lima es aproximadamente de 11 millones. Los cálculos ponen la piel de gallina. La mayoría de los residuos sólidos urbanos que producimos está constituida por materiales que pueden ser clasificados con facilidad: papel, cartón, vidrio, plásticos, trapos, materia orgánica, etc. ¿Pero por qué no lo hacemos?
Trabajo de espía
- Hey, tú qué tienes ahí - quise romper el hielo.
No funcionó, siguió con la cabeza agachada. Estaba concentrado en su trabajo. Parecía apurado. También yo me concentré. Él parecía estar buscando en la basura de la chica del último piso. Encontró basura chic. Se puede decir mucho de la basura de uno. Me había cerciorado de colocar cosas no tan desagradables en mi bolsa, saqué una botella de Ketchup, un vaso, botellas de plástico y un frasco de champú. Pero aún no lograba hablar con el meticuloso reciclador, que comenzaba a prestarme atención por haber sacado tantas “maravillas”. Es un mundo competitivo el de los recicladores.
A mediados de los años cincuentas en los Estados Unidos se instalaron en las casas trituradores de basura. Un artefacto provisto de cuchillas que está ubicado en los lavatorios. Todos los desperdicios orgánicos son triturados y van al desagüe. El uso de los trituradores es una norma obligatoria, de no cumplirse se paga una multa elevada. En Austria y en Suiza, como en la mayoría de estados europeos, en cada vivienda tienen dos bolsas de basura de colores diferentes. Una es para envases de vidrios, otra para envases de plástico, cartones, papeles y para residuos orgánicos. De no cumplir y mezclar la basura, también, pagan un gravamen.
Estaba arriesgando mi vida, eso lo sabía. Ni siquiera el reciclador tenía guantes o mascarilla. Nos podría dar cualquier enfermedad por estar expuestos a los desperdicios, entre algunas de las más comunes: infecciones respiratorias e intestinales, otitis media aguda y tifoideas.
Nuestro oro sucio
Debía darme prisa antes de que algún vecino me reconozca. La garúa terminó y el olor se hacía insoportable.
- ¿Siempre vienes por aquí? – le dije.
- A veces – contestó, mientras palpaba la última bolsa sin abrirla.
- Te vendo lo que he encontrado.
- Habla, cuánto.
- Cinco soles.
- No pasa nada, tío.
- Está bien. Sí en las otras bolsas no has encontrado nada – insistí.
- Recién empiezo, pe. Todavía falta. Mi oro está que me espera.
- Por ahí está apestando – le dije, mientras me limpiaba las manos en su mochila, sin que él lo note. ¿Hasta qué hora te quedas chambeando?
- Hasta las 9. Tú eres nuevo, ¿no?. Me voy cuando ya he sacado unos treinta mangos (30 soles).
- ¿No quieres esto por cinco lucas?
- Por dos sale, tío.
30 soles por tres horas de trabajo, no está mal. En Tacora, por cada envase mediano de champú o de cualquier otro producto con la etiqueta intacta pagan un sol. Por frascos pequeños te dan cincuenta céntimos. En realidad, todo depende de la oferta del día, no es que los precios estén establecidos por algún organismo. ¿Pero qué hacen con los envases?. Los vuelven a usar. Los llenan con productos adulterados y los venden como originales. Qué bueno saber que al menos alguien le saca provecho a la basura. Qué lastima que se aprovechen de la inocencia de otros.
La experiencia mexicana
Pero los mexicanos, una nación comparada con la peruana por su historia e ideología, aprovechan sus deshechos de manera muy distinta. Y tan bien, que el Metro regiomontano se convertirá pronto en el primer transporte colectivo de su tipo en México que utilice basura. Sí, basura para desplazarse. La planta Bioenergía de Nuevo León abastecerá de energía a la empresa Metrorrey.
La energía eléctrica que genera esta planta es a partir de los gases producidos en la descomposición de los residuos orgánicos del relleno sanitario ubicado en el municipio de Salinas Victoria. Fue creado en el año 2002 con capital privado y público, apoyado por el Banco Mundial. Con el biogás generado en el relleno sanitario de la ciudad de Monterrey, se produce, por hora, energía eléctrica equivalente al consumo de 7 mil 400 viviendas con 10 focos de 100 watts cada una.
Es la primera planta mexicana generadora de energía eléctrica a partir de la utilización del biogás emitido por la basura orgánica que aprovechan para alumbrado público, bombeo de agua potable y alimentación eléctrica del Metro de Monterrey. Y debido a los logros operacionales de la planta, actualmente, realizan estudios de factibilidad en 11 ciudades más. Es una opción tecnológica y estratégica que, además de evitar emisiones tóxicas, abre el potencial para el “manejo limpio” de los casi 30 millones de toneladas de basura producidos anualmente en las zonas urbanas de México. A penas unos millones más que las producidas en Perú.
Sentados ambos al filo de la vereda, cada uno con la cabeza entre las rodillas, terminábamos de charlar sobre los cuates.
- ¿Qué te parece lo de México?
- Sería “bacán”,ah – respondió el reciclador, mientras se frotaba la cara.
- Pero te quedarías sin chamba.
- No, pe, me voy a trabajar a esa fábrica. No me basurees, pe. Pero escuché que en el desierto no se puede hacer esa movida..
Había resultado un estudioso del tema, el reciclador.
De acuerdo al sitio en Internet de “Espacio verde”, un relleno sanitario debe cumplir ciertos requisitos para poder ser catalogado como eficiente. Entre ellos cita: que debe tener una base y una cobertura conformada por suelos y materiales sintéticos de baja permeabilidad para evitar que los lixiviados generados dentro del relleno se filtren, contar con un sistema de drenaje para conducir los lixiviados hacia sitios de almacenamiento en niveles de desechos, además, toneladas de tierra con las cuales tapar diariamente los desechos a fin de evitar los efectos ambientales generalizados por la exposición de la basura. Pero sobre todo, mencionan, n manejo adecuado de los gases producidos en el relleno, mediante el uso de chimeneas verticales que conduzcan el biogás hacia la atmósfera y posibiliten su uso como quemadores para generar electricidad.
Conclusión, si se puede, reciclador.
No la ven, pero está ahí.
Indiscutiblemente, la basura es un gran problema para nuestra sociedad. Porque toda solución posible exige orden y responsabilidad. Nosotros mismos no sabemos como controlarla ni separarla ni seleccionarla, mucho menos reciclarla. Tal vez a base de multas podríamos cambiar nuestros hábitos y separar la basura en casa. Eliminar las mafias que lucran ilegalmente con la basura. Negociar ayuda económica para realizar una planta de biogás. Vender la basura orgánica al África donde necesitan fertilizantes, como lo hacen en Europa. Existen soluciones, pero parece que a nadie le interesa. En las comunidades de la sierra central tiran la basura al río. “El río se la lleva”, dicen. Pero es mentira, la basura llega al pueblo que está más abajo. No la ven junto a ellos, y eso les basta. Aquí en Lima la meten en una bolsa y la ponen en la esquina. El camión se la lleva, ya no la vemos. Hay tanta basura en Postigo Grande que es imposible enterrarla. Se pueden hacer cosas, así que, como dijo el reciclador, no me “basureen”.

En “La sombra del viento”
Por: Roberto de Olazábal W.
Estoy leyendo La sombra del viento, finalista del Premio de Novela Fernando Lara 2000, de Carlos Ruiz Zafón, escritor español que ganó el premio Edebé en 1993. La sombra del viento es una novela de intriga y misterio ambientada a mediados del Siglo XX en Barcelona, marco que le otorga un ligero carácter histórico a la obra.
Daniel Sempere, cuando es apenas un niño, es llevado por su padre a un cementerio de libros, un lugar fantástico donde empieza la novela. Daniel descubrirá en el Cementerio de los Libros Olvidados el ejemplar de un perturbado y desconocido escritor, Julián Carax, cuya vida y obra encierran una trágica historia de amor y de asesinatos que cambiarán la vida de los Sempere.
La sombra del viento es una historia interesante que atrapa al lector en una intriga de relaciones afectivas complicadas y amores platónicos, de celos y venganzas de antaño entre personajes comunes. La forma como es contada, sin detenerse en diálogos extensos ni en descripciones frívolas, hace que el libro sea fácil de digerir por un público ansioso de hechos impactantes y emociones versátiles. Así, con temas recurrentes como un asesinato sin resolver y un personaje misterioso, que pudiera ser el diablo en persona, se teje la telaraña de este bestseller español.
Cada uno de los personajes ofrece una descripción psicológica que se mantiene rígida hasta el final del relato, y esto puede apreciarse, incluso, en los diálogos. Por ejemplo, Fermín, uno de los personajes principales, un hombre anciano que fue golpeado por la guerra civil española al estar del lado de los comunistas, hace bien el papel de un sabelotodo antisistema quien con sus citas y frases realza la calidad de los diálogos utilizando un lenguaje forzadamente culto y repleto de clichés. La descripción física de los personajes y la de los lugares no son ricos y, por tratarse de una novela que pretende un marco histórico, podrían quedar en deuda con aquellos lectores que esperan encontrar entre las páginas de La sombra del viento a la Barcelona de la primera década del S XX. Además, Carlos Ruiz Zafón sintetiza escenas que ya forman parte de la psiquis colectiva de los lectores. Esta artimaña le da resultado para crear el ambiente, pero no logra generar suspenso ni ansiedad con esa descripción tan sencilla.
Cuando me faltaban dos capítulos para terminar el libro, ya daba por solucionado el misterio principal del libro, aunque la forma como el autor trabaja la historia aún daba pie a un giro inesperado. Sus metáforas y diálogos continuaban haciendo entretenida mi lectura, que ya, entonces, no me generaba el mismo entusiasmo de los primeros capítulos. Sin embargo, en espera de aquel súbito cambio de desenlace, pensando que lo más probable era que no llegara, ya que Carlos Ruiz Zafón construye la historia de una manera exageradamente lógica y fácil de predecir, seguí devorando las hojas de esta novela que ahora estoy apunto de acabar.
Las historias paralelas que surgen alrededor de algunos personajes, como su pasado, sus amores y sus enemigos de tiempos pasados, fueron un relleno carente de sentido que sólo explicaron algunas actitudes de los personajes, más no aportaron al misterio principal de la obra. Y este distanciamiento del tema principal generó un vacío que me tuvo a ciegas. Pero, Zafón, con gran fuerza narrativa, entrelaza tramas y enigmas. En cualquiera de las páginas finales de la novela, el español puede retomar el enigma del libro maldito de Julián Carax: La sombra del viento y sorprenderme con un final inesperado.
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